El edificio se había construido en pleno auge del duque, cuando gozaba de la hospitalidad de Goering y prestaba su nombre a hoteles residencia que esperaban reflejar su regio esplendor. El duque de Windsor ya estaba muerto, pero el hotel no había tenido esa suerte. Si la fachada había sido lavada alguna vez desde la coronación de Jorge VT, no lo demostraba. Tampoco se le había prestado mayor atención a las reparaciones básicas: cierto número de ventanas tenían trozos de cartón sustituyendo a los cristales que faltaban.

El interior olía ligeramente a col hervida, a pesar de un gran cartel sobre el mostrador que rezaba enfáticamente: "Prohibido terminantemente cocinar en las habitaciones". Junto al cartel, el rostro de Alderman Helen Schiller sonreía beatíficamente a sus votantes.

No había nadie tras el mostrador, pero un puñado de residentes estaban sentados en un pequeño salón, viendo a Vanna White en un minúsculo televisor fijado en la pared a considerable altura. Me acerqué y pregunté si alguien sabía dónde estaba el encargado. Una mujer de mediana edad con una bata sin mangas me miró con recelo: cuando alguien con traje de chaqueta y medias entra en una residencia suele tratarse de una inspectora municipal o abogada que amenaza con alguna acción judicial en nombre "de la familia de algún residente muerto".

Exhibí mi sonrisa más fiable.

– Creo que tiene una habitación para Elena Wárshawski.

– ¿Y qué? -la mujer tenía el fuerte deje monocorde del barrio irlandés del sur.

– Soy su sobrina. Ella podrá mudarse dentro de un par de días, pero yo quería pagar un mes por adelantado para que le reserve la habitación.

La mujer me miró de arriba abajo, sus húmedos ojos grises firmes e impenetrables. Finalmente decidió que mi mojigata honradez era real. Se volvió otra vez hacia el televisor, esperó a que hubiese un anuncio y luego se levantó pesadamente del sillón con funda de vinilo. La seguí hasta el mostrador y, tras éste, a un chiribitil cuyo rasgo más destacado era una gran caja de caudales. El ama contó por dos veces mis billetes de diez dólares, garabateó torpemente un recibo y puso el dinero en un sobre que cerró e insertó en la caja por una ranura lateral.



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