– No sé cómo abrir este trasto, así que no creas que va a poder venir tu novio con su fusca a recuperar el dinero. Vienen a vaciarlo dos veces por semana.

– No, señora -asentí débilmente.

– Le enseñaré la habitación. Su tía puede venir cuando esté lista para cambiarse. Que no se olvide de traer el recibo.

Subimos tres pisos, lentamente, ajustándonos a la respiración corta y jadeante de mi guía, y recorrimos un pasillo sin moqueta. Los apliques de cristal sobre las puertas eran reliquias de los días más fastos del Windsor Arms: ahora el vestíbulo estaba iluminado por dos bombillas desnudas. La recepcionista se detuvo ante la segunda puerta de la izquierda antes del final y la abrió. Quienquiera que fuese el dueño del edificio, le debía a Marissa Duncan un favor. O eso, o esperaba que Marissa le diese un amable empujoncito para trepar los escalones de la política local.

La ventana tenía sus cuatro cristales, el suelo estaba limpio, y la estrecha cama hecha con esmero. Una cómoda de cajones de plástico blanco presidía el rincón. Bajo la ventana, una mesa de pino completaba el mobiliario.

– El baño está al fondo del pasillo. Puede encerrar sus cosas en un cofre bajo la cama si teme a los yonquis. La llave me la deja a mí si sale. Y nada de cocinar aquí. Los cables son viejos. No quiero que el garito se convierta en humo.

Asentí sensatamente y volví a bajar tras ella. Volvió a su Ruleta de la Fortuna sin volver a mirarme. Una vez fuera, aspiré el aire a grandes bocanadas.

Tengo la impresión de que nunca gano lo suficiente como para ahorrar más de mil pavos o así al año para un plan de jubilación. ¿De qué iba a vivir cuando estuviera demasiado vieja para seguir buscando clientes? La idea de encontrarme a los sesenta y seis años sola, viviendo en un cuarto con tres cajones de plástico para guardar mi ropa, me estremeció de pies a cabeza, haciéndome casi perder el equilibrio.



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