
Una mujer que pasaba remolcando a tres chiquillos les alejó de mí de un tirón: yo no era más que una borracha tambaleándose ante los ojos de sus hijos de camino a casa. Me subí pesadamente al Chevy y me dirigí hacia el sur. La mezcla de culpabilidad y temor que el Windsor Arms había removido en mí mermó el placer de mi fin de semana. El sábado por la mañana fui a la tienda y compré fruta y yogur para la semana. Pero al escoger los ingredientes para una ensalada de pasta que iba a llevar a una comida informal en el campo esa tarde, pasé de largo por el aceite de oliva y cogí una marca barata, ¡cómo iba a gastarme once dólares en medio litro de aceite de oliva, si ni siquiera tenía para ingresar el tercer trimestre de mi plan de jubilación! Compré incluso parmesano hecho aquí. Gabriella me lo hubiera criticado mordazmente, pero, para empezar, tampoco hubiese aprobado que comprara la pasta en vez de hacerla.
Compré los tres periódicos de la mañana y los leí minuciosamente antes de salir al parque. Por el momento nadie había encontrado a una mujer de edad sin identificar en el río, ni errando como una demente por las calles. Tenía que confiar en que Furey, o el mismo Bob Mallory, me llamarían si Elena era arrestada. Al parecer no me quedaba otra cosa que hacer más que unirme a mis amigos en Montrose Harbor y pagar mí agresividad con una pelota de softball [2].
No conseguí del todo sacudirme de encima la depresión, pero una parada que hice en el sexto juego y que salvó el partido me animó: no sabía que aún podía tirarme a por una pelota y pararla como lo hacía a los veinte años. Después delSoave y el pollo asado no pude compartir del todo el ánimo procaz de mis amigos. Me largué cuando la fiesta aún tenía marcha, para pillar las informaciones de las diez.