Se oyó un fuerte portazo detrás de nosotras. El banquero recién instalado en el apartamento del primero que daba al norte se asomó al hueco de la escalera, con las manos en las caderas, sacando agresivamente la mandíbula. Llevaba un pijama de algodón con rayas marineras; pese a su cara soñolienta y legañosa, estaba perfectamente peinado.

– ¿Qué diablos ocurre aquí? Puede que no tenga que trabajar para vivir -Dios sabe qué hará allá arriba todo el día-, pero yo sí. Si tiene que despachar negocios en mitad de la noche, tenga un poquito de consideración para con sus vecinos y no lo haga en medio del vestíbulo. Si no se callan y se largan de aquí, llamaré a la policía.

Le miré fríamente.

– Arriba regento un refugio de drogatas. Ésta es mi camello. Podrían arrestarle por complicidad si le encuentran merodeando por aquí cuando lleguen los maderos.

Elena soltó una risita, pero dijo:

– No seas grosera con él, Victoria, nunca se sabe si vas a necesitar que un chico con esos fabulosos ojos haga algo por ti -y añadió, dirigiéndose al banquero-: no te preocupes, cielo, acabo de llegar. Vamos a dejarte volver a tus reparadores sueños.

Tras la puerta cerrada del uno sur empezó a ladrar un perro. Volvieron a rechinarme los dientes y empujé adentro a Elena, cogiéndole la bolsa de mano al verla dar traspiés bajo su peso.

El banquero nos observó entornando los ojos. Cuando Elena pasó dando tumbos frente a él, puso cara de auténtico horror y se retiró apresuradamente a su apartamento, forcejeando con el cerrojo. Traté de empujar a Elena hacia arriba, pero ella quería detenerse y hablar del banquero, preguntándome por qué no le había pedido que le subiera la bolsa.

– Hubiera sido una manera perfecta de trataros un poco vosotros dos, de intentar arreglar las cosas.



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