Michael llegó un poco antes de las tres, su pelo negro y ojos oscuros vivamente resaltados por una chaqueta de marinero y un polo azul pálido. Su habitual buen humor se había convertido en exuberancia: le gustaban las grandes juergas, le gustaba juntarse con su basca, y aún llevaba dentro lo bastante del demócrata rancio como para estar deseando pasar la tarde codeándose con peces gordos en una fiesta.

Me deshice en alharacas ante su elegancia.

– ¿Estás seguro de que quieres llegar conmigo a casa de Boots? De verdad que voy a empañar tu imagen.

Me dio un golpecito burlón en la nariz.

– A tu lado tengo buena presencia, Warshawski. Por eso quiero que esta tarde no te alejes de mí.

– ¿Una chabola al lado de un barrio residencial? Es algo así como me siento con todo este asunto -no sé por qué, su efervescencia me daba ganas de ser desagradable.

– Venga, vamos ya, Warshawski. ¿De verdad te gusta vivir entre la basura y los graffiti? En el fondo, secretamente, ¿no vivirías en los amplios espacios abiertos si pudieras permitírtelo?

– Tú vives en Norwood Park -le recordé.

– Sólo porque los que estamos para serviros y protegeros a vosotros los artistas del graffiti tenemos que vivir en la ciudad. Y es más interesante estar cerca del crimen en Chicago que entre esa basura de Streamwood.

– Sí, eso es lo que yo pienso también. Por eso no me imagino fuera de aquí -saqué mi billetera del bolso y la metí en un bolsillo del pantalón junto con la invitación a la fiesta: no quería cargar con un bolso toda la tarde en la barbacoa.



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