– Pero sí que haces un montón de investigaciones para los barrios altos -objetó Michael mientras salíamos del apartamento.

– Por eso me gusta más el crimen de la ciudad -bloqueé los dobles cerrojos-. Te dan un palo en la cabeza y te birlan el bolso. No están sentados en salas de juntas insultando a los negros de Chicago mientras se meten un millón o dos de la compañía en el bolsillo.

– Podría presentarte a algunos chorizos -ofreció Michael cuando salíamos a la calle-. Necesitan a alguien para sus relaciones públicas: tal vez eres exactamente la chica que les va -dibujó con las manos en el aire una cartelera-. Casi puedo imaginármelo: "Crimen limpio y honesto, como el que solía cometer su abuelito".

Reí a mi pesar.

– Vale, vale. Los chorizos son una escoria. Sólo tengo un pequeño resentimiento contra los barrios altos, eso es todo. Sea como sea, no puedo permitírmelos. No me importaría saber lo que hizo Boots para financiar el traslado desde la esquina de División y Central a Streamwood.

Michael me cogió la cara entre sus manos y me besó.

– Hazme un favor, Vic: no se lo preguntes esta tarde.

Me solté y me metí en el Chevy.

– No te preocupes, mi mamá me educó para que supiese comportarme en público. Te veré en el baile.

Se metió de un salto en el Corvette, me hizo varias llamadas de luces, y salió en dirección a Belmont con un gran chirriar de neumáticos.

Capítulo 6

El condado da una fiesta

Una vez en la autopista Kennedy, perdí la pista de Michael. Podía permitirse ir a ciento treinta: la patrulla de carreteras le haría la vista gorda, cosa que no sería extensible a mí. Me estaba esperando en la salida del peaje noroeste; le tuve más o menos a la vista cuando empezamos a serpentear entre las colinas que ondean hacia el noroeste al salir de Chicago.

No estoy segura de haber podido encontrar la comilona de Boots si no hubiese seguido a Michael, o al menos no a la primera.



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