
Me estaba esperando junto a la puerta que estaba a unos tres metros del agujero del seto por donde yo había girado. Los arbustos que bordeaban la calle ocultaban parcialmente una verja de unos tres metros en prolongación de la puerta. Si intentabas franquear la muralla, había de todas formas un par de ayudantes del sheriff para pegarte un tiro.
– Lo siento, Vic -dijo Furey, compungido-, creí que había que girar medio kilómetro más arriba. No debí ir fardando en un tramo tan peligroso.
Como uno de los matones me pedía mi invitación, Furey añadió:
– Oh, no la moleste, está conmigo.
– No tanto como para que te dieras cuenta -busqué la invitación en mi bolsillo y la exhibí, pero el guardia me hizo señas de seguir con la mano sin mirarla. Mi presunta relación con Michael agudizó mi mal humor. Volví al Chevy mientras Michael bromeaba con los demás hombres, maniobraba con el Corvette, y arrancaba asperjando un poco de grava. Antes de que el camino girara pude ver a Furey subiéndose al Corvette, pero luego giré y me encontré sola en un camino bordeado de árboles.
Por mucho daño que el verano hubiera causado a la cosecha de trigo, no había dañado particularmente a Boots. Aquí los árboles se veían frondosos, sus delicadas hojas y la hierba que los rodeaba eran espesas y verdes. Desde lejos pude divisar un granero. Supongo que si eres presidente de la Junta del Condado siempre hay alguna manera de que puedas regar tu finca.
Tomé otra curva y me encontré en plena fiesta. Venía oyendo la música que resonaba a lo lejos desde la puerta principal. Ahora distinguía un gran quiosco de música más allá de la casa principal, y la banda con sombreros de paja y chaquetas de marinero tocando a toda pastilla. Del otro lado de la casa se elevaba lentamente el humo desde lo que supuse que era el hoyo de la barbacoa. Boots había sacrificado a una de sus propias reses para la campaña de Roz.
