
Un ayudante del sheriff, balanceando un enorme foco, me dirigió hacia un grupo de coches en un amplio patio del lado noroeste de la casa. Tal vez era un prado: recuerdo que había visto uno en una acampada con las Scouts cuando tenía once años. A pesar de la presencia de los guardias, o tal vez precisamente por eso, cerré cuidadosamente el Chevy.
Furey me alcanzó cuando me dirigía hacia el quiosco, donde estaba reunida la mayor parte de la gente.
– Joder, Vic, ¿qué es lo que te mosquea tanto?
Me detuve a mirarlo.
– Michael, he pagado doscientos cincuenta dólares por el dudoso placer de venir a esta juerga. Yo no soy tu novia, ni soy aún la "mujercita" que puedes echarte bajo el brazo y colarla frente al guardia.
Su expresión de buen humor se convirtió en un gesto ceñudo.
– ¿De qué diablos estás hablando?
– Allífuera me has tratado como un cero a la izquierda: me dejas en el camino y luego les dices a los guardias que me ignoren porque soy un apéndice tuyo. No me gusta eso.
Levantó los brazos en un gesto de exasperación.
Quise hacerte un favor, evitarte un pequeño agarrón con los chicos de la puerta. Si hubiese sabido que lo ibas a considerar un insulto mortal, me hubiese ahorrado la saliva.
Siguió a grandes zancadas hacia la multitud. Le seguí lentamente, tan irritada conmigo misma como con Furey. No me gustaba el pequeño truco acrobático que se había marcado en el viraje, pero eso no justificaba que replicara de ese modo. Tal vez la frustración por la desaparición de Elena me ponía de mal humor. O mi mal carácter congénito. O simplemente el estar en una colecta pública de fondos del condado de Cook.
