La última vez que recordaba haber visto a Boots en los informativos, uno de sus guardaespaldas le había partido la cara a un hombre que se había acercado demasiado al jefe después de un mitin de la Junta del Condado. El hombre acusaba a Boots de haber matado a su hija: graves acusaciones, aunque tenía un largo historial en el manicomio de Elgin, pero romperle la nariz a alguien parece una respuesta excesiva a la demencia. En descargo de Boots hay que decir que luego pagó la cuenta del hospital del tipo, pero ¿para qué diablos necesitaba guardaespaldas?

Ese no era más que el incidente más reciente en que Meagher se había visto envuelto públicamente. También tenía tentáculos en docenas de arriesgadas empresas en el estado, el tipo de negocios en que todo el mundo se enriquece si sabe apañárselas con las evasiones de impuestos. Meagher era uno de esos tipos que no dan nada por nada: no hubiese apoyado la campaña de Rosalyn si ella no le hubiese hecho alguna concesión importante.

No era como si Roz fuese una gran amiga. Ella había sido organizadora de la comunidad en Logan Square cuando yo estaba con el defensor de oficio. Yo había trabajado con ella en algunos seminarios sobre la ley y la comunidad, para informar a los residentes de sus derechos en ámbitos que iban desde la vivienda hasta los agentes de inmigración. Roz era inteligente, enérgica, y una hábil política. Y ambiciosa. Y eso significaba irse a la cama con Boots si con ello iba a controlar una esfera más amplia que Logan Square. Eso es lo que yo entendía y de todas formas sabía que no eran mis asuntos. Así que ¿por qué buscarle tres pies al gato?

Me abrí camino entre la multitud del quiosco hasta un toldo de colores vivos que cubría la zona de las bebidas. Unas jóvenes con ajustadas minifaldas se abrían alegremente paso entre la muchedumbre con bandejas cargadas de canapés.



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