El atuendo ideal para una activista feminista como Rosalyn, gruñí para mí misma. Me acerqué al bar y pedí un ron con tónica. Bebida en mano, me deslicé sin rumbo fijo entre la gen te. Tras el toldo de las bebidas la gente se apiñaba en un nutrido y ruidoso grupo, cuyo estruendo ahogaba a la propia banda. Detrás de ese grupo el gentío disminuía rápidamente: allí el terreno era accidentado y yermo, y desembocaba en un bosquecillo. A pesar del terreno y de la ausencia de sillas, la mayoría de las mujeres llevaban medias y tacones altos. Pero dos de ellas habían venido preparadas: estaban sentadas en una manta, estirando sus largas y bronceadas piernas y disfrutando el inocente placer de su propia belleza. Al pasar me llamaron coreando con entusiasmo:

– ¡Vic! Ernie nos dijo que tal vez estuvieras aquí. Ven y siéntate. LeAnn está embarazada y no queríamos pasarnos toda la tarde de pie bajo el sol.

Me detuve un instante por educación. Si LeAnn estaba embarazada, era sólo cuestión de meses que Clara encargara también un crío. Ambas eran inseparables desde su infancia, y ya adultas y casadas vivían en casas contiguas de Oak Brook, y se pasaban el día yendo y viniendo de una casa de la otra para pedirse ropa prestada, compartir una taza de café, o entretener juntas a sus hijos. Y aunque los rubios rizos de Clara contrastaban con el cabello liso y oscuro de LeAnn, apenas se distinguían entre sí con sus monos de pantalón corto de Anne Klein.

– ¿Te lo estás pasando bien? -preguntó Clara.

– En grande. ¿Para cuándo el bebé?

– No antes de finales de marzo. Apenas estamos empezando a decírselo a los amigos.

Sonreí. Eso incluía a la mitad de los presentes: a cualquiera que conociera por su nombre.

Las había conocido a través de Michael Furey. LeAnn estaba casada con Ernie Wunsch y Clara con Ron Grasso. La estrecha y continuada relación de Michael con sus compañeros de juventud nunca dejó de asombrarme.



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