Desde que dejé Chicago Sur para ir al instituto, apenas he vuelto a ver a algunas de las personas con las que crecí. Pero además de Ernie y de Ron, Michael tenía siete u ocho amigos de infancia que se reunían una vez al mes para jugar al póker, iban al río Eagle cada mes de octubre a cazar ciervos, y pasaban todas las Nocheviejas juntos con sus mujeres. Sus amigotes fueron una de las principales razones por las que nunca conecté con Michael. Pero desde que salí con él, LeAnn y Clara me trataban como si fuese una de las chicas.

Pregunté educadamente por los niños, dos de cada una, y me alegré de saber lo mucho que les gustaba el colegio, lo contenta que estaba LeAnn de estar en Oak Brook y de no tener ya que preocuparse por los colegios públicos, aunque Clara dijo algo sobre lo bien que se lo habían pasado de pequeñas en Norwood Park, pero todo era tan distinto ahora.

– ¿Están Ron y Ernie? -pregunté distraídamente.

– Sí, claro. Hace horas que han ido a buscarnos algo de beber. Pero conocen a tanta gente aquí que estoy segura de que los han interceptado, o desviado, o algo así.

Me ofrecí para llevarles algo, pero dijeron riendo que no les importaba esperar. LeAnn puso su mano perfectamente manicurada sobre mi rodilla.

– Tienes tan buen corazón, Vic. No queremos entrometernos, pero sabemos que serías tan estupenda para Michael. Precisamente estábamos hablando de vosotros dos cuando apareciste.

Hice una mueca.

– Gracias, aprecio la recomendación -me puse en pie, derramándome la bebida en la pierna del pantalón.

LeAnn me miró con ansiedad.

– No te habré ofendido, ¿verdad? Ernie siempre me echa la bronca por decir todo lo que me pasa por la cabeza sin pensármelo primero -hundió la mano en un gran bolso de playa y sacó un puñado de kleenex para mí. Enjugué ligeramente la tela caqui.

– ¡No! El problema es que Michael es hincha de los Sox, y no creo que podamos llegar a algún acuerdo.



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