
Estaba a punto de aullar de frustración cuando se abrió la puerta del uno sur. Salió el señor Contreras, una visión tambaleante en su batín carmesí. La perdiguera dorada que compartíamos él y yo estaba tirando de su correa, pero cuando me vio, sus graves gruñidos se convirtieron en gemidos de excitación.
– Ah, eres tú, pequeña -dijo el viejo, aliviado-. Esta princesa me ha despertado y luego he oído todo ese ruido y he pensado: oh, Dios mío, está ocurriendo lo peor, alguien está forzando la puerta a media noche. Deberías ser más considerada, niña, es duro para los que tienen que trabajar tener que levantarse así a media noche.
– Sí, claro -asentí presurosa-. Y, contrariamente a la opinión pública, yo soy una de esas personas trabajadoras. Y créame, no tenía más deseos que usted de levantarme de la cama a las tres de la madrugada.
Elena exhibió su mejor sonrisa y le tendió la mano al señor Contreras como si fuese Lady Di saludando a un soldado.
– Elena Warshawski -dijo-. Encantada de conocerle. Esta niña es mi sobrina, y es la sobrina más guapa y dulce que se pueda soñar.
El señor Contreras le estrechó la mano, parpadeando como un búho frente a un reflector.
– Encantado de conocerla -repitió automáticamente y con poco entusiasmo-. Escucha, niña, deberías llevar a esta señora, ¿tu tía, dices?, deberías llevarla arriba y meterla en la cama. No se la ve muy bien.
El agrio y fermentado olor también le había alcanzado.
– Ya, es exactamente lo que voy a hacer. Vamos, Elena. Vamos arriba. ¡Hora de irse a la camita!
El señor Contreras volvió a su apartamento. La perra estaba ofendida: si todos estábamos de juerga, ella también quería apuntarse.
– No ha sido muy educado -resopló Elena cuando la puerta del señor Contreras se cerró tras él-. Ni siquiera me ha dicho su nombre, encima de que me he tomado la molestia de presentarme.
