Siguió refunfuñando sin parar mientras subía. Yo no dije nada, me conformé con mantener una mano en el hueco de su espalda para propulsarla en la dirección adecuada, apremiándola para que siguiera cuando hizo ademán de pararse en el descansillo del segundo para recobrar el aliento.

Una vez en mi apartamento quiso explayarse en ¡Ohs! y ¡Ahs! ante mis posesiones. La ignoré y corrí la mesita baja para poder abrir el sofá cama. Lo preparé y le enseñé dónde estaba el cuarto de baño.

– Ahora escucha, Elena. No vas a pasar aquí más de una noche. No pienses siquiera que lo voy a discutir, porque no pienso hacerlo.

– Claro, cariño, claro. ¿Qué le ha ocurrido al piano de tu mamá? ¿Lo has vendido o algo para comprar este adorable piano de cola?

– No -atajé. El piano de mi madre había perecido en el incendio que destruyó mi propio apartamento tres años atrás-. Y no pienses que me vas a distraer de lo que acabo de decir divagando sobre el piano. Me vuelvo a la cama. Puedes dormir o no, como quieras, pero por la mañana te me vas a otro sitio.

– Oh, no pongas esa cara de enfado, Vicki. Victoria, quiero decir. Te vas a estropear el cutis si arrugas el ceño así. ¿Y adonde más se supone que voy a recurrir en mitad de la noche si no es a mi propia sangre?

– Déjalo ya -repuse hastiada-. Estoy demasiado cansada para eso.

Cerré la puerta del vestíbulo sin dar las buenas noches. No me molesté en advertirle que no fisgoneara en mi casa en busca de alcohol: si lo quería a toda costa, lo encontraría, y luego se disculparía mil veces a la mañana siguiente por haber roto su promesa de no bebérselo.

Permanecí acostada, incapaz de dormir, sintiendo la presión de la presencia de Elena desde el cuarto contiguo. La oí trastear por ahí durante un rato, y luego el rumor del televisor, consideradamente a bajo volumen. Maldecía a mi tío Peter por haberse mudado a Kansas City y me arrepentía de no haber tenido la precaución de largarme a Quebec o a Seattle, o a algún otro lugar igual de distante de Chicago. A eso de las cinco, cuando los pájaros iniciaron el gorjeo que precede al alba, me sumí por fin en un incómodo sueño.



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