
Capítulo 2
Las profundidades del abismoEl timbre de la entrada me volvió a arrancar del sueño a las ocho. Volví a ponerme la sudadera y el pantalón corto y entré dando traspiés en el cuarto de estar. Nadie respondió a mi pregunta por el telefonillo. Me acerqué a la ventana y divisé al banquero camino de Diversey, contoneando los hombros con aire satisfecho. Chasqueé el pulgar en dirección a su espalda.
Elena siguió durmiendo durante toda la escena, incluidos mis gritos por el telefonillo. Durante un instante me sentí poseída por el impulso colérico del banquero, tuve ganas de despertarla y hacer que se sintiera tan incómoda como yo.
La miré con asco. Estaba acostada boca arriba, con la boca abierta, emitiendo irregulares ronquidos al inspirar, y unos cortos bufidos al exhalar. Tenía la cara congestionada. Los capilares rotos de su nariz se destacaban claramente. A la luz del día pude ver que el camisón violeta hacía tiempo que necesitaba un viaje a la lavandería. La visión era espantosa. Pero también era insoportablemente patética. Nadie debería verse expuesto a las miradas de un extraño mientras duerme, y menos aún alguien tan vulnerable como mi tía.
Con un escalofrío, me dirigí rápidamente a la parte trasera del piso. Desafortunadamente, su patetismo no aplacaba mi irritación por tenerla allí. Gracias a ella, sentía como si alguien hubiese descargado un camión de gravilla en mi cabeza. Lo peor de todo era que al día siguiente tenía que exponerle un proyecto a un potencial cliente. Quería terminar mis gráficos y hacer que les sacaran unas diapositivas. Y, al parecer, iba a tener que pasarme el día buscando alojamiento. Según el tiempo que me llevara, podía terminar pagando el cuádruple por las diapositivas por pedirlas a deshora.
