
– Quizá. -Kelby echó un vistazo a la dirección del remitente escrito en el sobre. Philip Lontana. La fecha del matasellos era de dos semanas antes -. ¿Por qué demonios no la recibí antes?
– La habrías recibido sí hubieras permanecido en algún sitio más de uno o dos días -replicó Wilson con sequedad -. No he tenido noticias tuyas en dos semanas. No puedo responsabilizarme de mantenerte al corriente si no cooperas. Hago todo lo que puedo, pero no eres el hombre más fácil de…
– Está bien, está bien. -Se reclinó en la silla y echó una mirada a la carta. -Philip Lontana. No he tenido noticias suyas en varios años. Creí que quizás había abandonado el negocio.
– Nunca lo he oído mentar.
– ¿Y por qué deberías conocerlo? No es un corredor de bolsa ni un banquero, por lo que no te interesaría.
– Eso es verdad. Lo único que me interesa es mantenerte asquerosamente rico y lejos de las garras de la Agencia Tributaria. -Wilson colocó varios documentos delante de Kelby. -Firma estos, por triplicado. -Observó con mirada de desaprobación cómo Kelby firmaba los contratos -. Debiste leerlos. ¿Cómo sabes que no te he jodido?
– Eres moralmente incapaz de hacerlo. SÍ tuvieras esa intención, me habrías desplumado hace diez años, cuando te balanceabas al borde de la bancarrota.
– Es verdad. Pero tú me sacaste de aquel hueco. Por lo que eso no prueba nada.
– Te dejé balancearte un rato para ver qué harías antes de intervenir.
– Nunca me enteré de que me estabas probando -Wilson inclinó la cabeza.
– Lo siento. -La mirada de Kelby descansaba aún sobre la carta-. Es la naturaleza de la bestia. No he sido capaz de confiar en mucha gente a lo largo de mi vida, Wilson.
Dios era testigo de que eso era verdad, pensó Wilson. Heredero de una de las mayores fortunas de Estados Unidos, Kelby y su fideicomiso habían sido el centro de la pelea entre su abuela y su madre desde el momento de la muerte de su padre.
