
Habían presentado en los tribunales un caso tras otro hasta que alcanzó su vigésimo primer cumpleaños. Entonces tomó el control con fría inteligencia; de forma implacable, cortó todos los contactos con su madre y su abuela y buscó expertos que dirigieran sus finanzas. Terminó su educación y se dedicó a ser el trotamundos que era aún en este momento. Durante la guerra del Golfo había sido miembro de los SEAL, el cuerpo de élite de la Marina norteamericana, compró después el yate
Trinay dio inicio a una serie de exploraciones submarinas que le trajeron una fama que no valoraba y un dinero que no le hacía falta. De todos modos parecía irle bien en la vida. En los últimos ocho años había vivido vertiginosa y duramente, y se había relacionado con algunas personas bastante desagradables. No. Wílson no podía criticarlo por ser cauteloso y cínico a la vez. Eso no le preocupaba. Él mismo era un cínico y con el paso de los años había aprendido a querer sinceramente al hijo de puta.
– ¿Lontana ha intentado antes ponerse en contacto conmigo? -preguntó Kelby.
Wilson revisó el resto de la correspondencia.
– Esa es la única carta. -Abrió su agenda -. Una llamada el veintitrés de junio. Quería que se la devolvieras. Otra, el veinticinco. El mismo mensaje. Mi secretaria le preguntó de qué asunto se trataba, pero no quiso decírselo. No parecía ser nada tan urgente como para intentar buscarte. ¿Lo era?
– Posiblemente. -Kelby se levantó y atravesó la cabina hasta llegar al ventanuco – Sabía perfectamente cómo atraer mi atención.
– ¿De quién se trata?
– Es un oceanógrafo brasileño. Apareció mucho en la prensa cuando descubrió aquel galeón español hace unos quince años. Su madre era estadounidense y su padre brasileño, y él mismo es algo así como uno que vive en otra época. Oí decir que se creía un gran aventurero y salía a navegar en busca de ciudades perdidas y galeones hundidos. Solo descubrió un galeón pero nadie duda que sea un tío perspicaz.