– Entonces, maldita sea, ¿por qué escribes un testamento y una última voluntad?

– Porque ellos no tuvieron la posibilidad de hacerlo.

– ¿Qué?

– Debemos aprender de sus errores. – Hizo una pausa-. Vete a casa. ¿Quién cuida de Pete y Susie?

– Cal.

– Me sorprende que le permitas encargarse de eso. Te importan más esos delfines que cualquiera con dos piernas.

– Es obvio que no, por eso estoy aquí. Cal cuidará bien de Pete y Susie. Antes de irme sembré en su alma el temor de dios. Phil rió entre dientes.

– O el miedo a Melis.Pero sabes lo importantes que son. Regresa con ellos. Si no tienes noticias mías en dos semanas, ve a buscar a Kelby. Adiós, Melis.

– No te atrevas a colgar. ¿Qué quieres que haga Kelby? ¿Se trata nuevamente de aquel maldito dispositivo sónico?

– Sabes bien que nunca se ha tratado de eso.

– ¿De qué entonces?

– Sabía que te alterarías. Desde que eras una niña siempre te interesó el Ultimo hogar.

– ¿Tu barco?

– No, el otro Último hogar. Marinth. -Y colgó. Ella permaneció largo rato allí, como paralizada, antes de colgar lentamente su teléfono.

Marinth.

Dios mío.


El Trina

Venecia, Italia


– ¿Qué demonios es Marinth?

Jed Kelby se puso tenso en su silla.

– ¿Qué?

– Marinth. -John Wilson levantó la vista del montón de cartas que clasificaba para Kelby-. Es todo lo que hay escrito en esta carta. Solo esa palabra. Debe ser algún tipo de broma o un ardid publicitario.

– Dámela.

Kelby estiró lentamente el brazo por encima del escritorio y tomó la carta y el sobre.

– ¿Algo malo, Jed? -Wilson dejó de clasificar la correspondencia que acababa de subir a bordo.



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