
– ¿Lo conoces personalmente?
– No. En realidad, no me interesaba. No habríamos tenido muchas cosas en común. Yo soy, sin lugar a dudas, un producto de esta época. No transmitimos en la misma frecuencia.
Wilson no estaba tan seguro. Kelby no era un soñador pero tenía la temeridad feroz y agresiva tan típica de los bucaneros de otros siglos.
– Entonces, ¿qué quiere Lontana de ti? -Su mirada se centró en Kelby -. ¿Y qué quieres tú de Lontana?
– No estoy seguro de qué es lo que quiere de mí. -Miraba al mar y pensaba-. Pero yo sé lo que quiero de él. Lo que me pregunto es si me lo puede proporcionar.
– Hablas en clave.
– ¿De veras? -Se volvió de repente para mirar de frente a Wilson-. Por dios, entonces es mejor que hablemos con claridad y sin tapujos, ¿no es verdad?
Wilson se quedó impresionado al ver la temeridad y la excitación que se traslucía en la expresión de Kelby. La energía agresiva que emitía era casi tangible.
– Entiendo entonces que quieres que me ponga en contacto con Lontana.
– Sí. De hecho, vamos a verlo.
– ¿Vamos? Tengo que volver a Nueva York. Kelby negó con la cabeza.
– Podría necesitarte.
– Sabes que no entiendo nada de todos esos líos oceanográficos, Jed. Y, maldita sea, no quiero entenderlos. Tengo postgrados en leyes y contabilidad. No te serviría de nada.
– No podrías asegurarlo. Podría necesitar toda la ayuda disponible. Un poco de brisa marina te vendría bien. -Contempló de nuevo el sobre y Wilson percibió una vez más las corrientes subterráneas de entusiasmo que electrificaban a Kelby -. Pero quizá deberíamos darle a Lontana un aviso previo de que no debe agitar una zanahoria a no ser que espere que la devore de un bocado. Dame su número de teléfono.
La seguían.
Demonios, no era paranoia. Podía percibirlo.
