
Melis miró por encima del hombro. Era un intento fútil. No hubiera reconocido a la persona que buscaba entre la multitud a sus espaldas. Podía ser cualquiera. Un ladrón, un marinero que ansiaba echar un polvo… o cualquiera con la esperanza de que ella lo condujera a Phil. Todo era posible.
Ahora, cuando se trataba de Marinth.
Despístalo.
Echó a correr hasta la bocacalle siguiente, dejó atrás una manzana corta, se metió en un portal y esperó. La primera regla era cerciorarse de que no se trataba de un ataque de paranoia. La segunda: conoce a tu enemigo.
Un hombre de pelo gris, con pantalones caqui y camisa de manga corta a cuadros, dobló la esquina y se detuvo. Tenía el aspecto de cualquier turista de visita en Atenas en esta época del año. Sólo que su expresión anonadada no iba bien con su aspecto. Mientras su mirada examinaba el flujo de personas que iba calle abajo, en sus ojos se leía una clara irritación.
Melis no estaba paranoica. Y ahora recordaría a aquel hombre, fuera quien fuera.
Salió presurosa del portal y echó a correr. Dobló a la izquierda, atravesó un paseo y dobló a la derecha en la siguiente bocacalle.
Miró hacia atrás y logró distinguir por un momento una camisa a cuadros. El hombre ya no pretendía fundirse con la multitud. Se movía de prisa, con intención.
Ella se detuvo cinco minutos después, respirando pesadamente.
Lo había despistado. Quizá.
Por dios, Phil, ¿en qué nos has metido?
Esperó otros diez minutos para cerciorarse y después volvió sobre sus pasos y se encaminó al embarcadero. Según su callejero, el hotel Delphi debía estar en la siguiente manzana.
Allí estaba. Un edificio estrecho de tres plantas, de fachada antigua, con la pintura descascarillada, manchada por el smog, pero lleno de una atmósfera particular como todo en aquella ciudad. No era un hotel que Phil hubiera tolerado habitualmente. Le gustaban antiguos y con atmósfera, pero la decadencia no era su fuerte. Disfrutaba demasiado de la comodidad. Otro misterio que…
