
– ¿Melis?
Se volvió y vio a un hombre de pelo gris, que llevaba vaqueros y camiseta, sentado tras una mesita de café.
– ¿Gary? ¿Dónde está Phil? Señaló el agua con la cabeza.
– A bordo del Ultimo hogar.
– ¿Sin ti? No lo creo.
Primero Cal, y ahora Gary St. George.
– Yo tampoco lo creía. -Bebió un trago de su aguardiente anisado-. Pensé que me quedaría aquí varios días y él regresaría a recogerme. ¿Qué puede hacer sin mí? Si pretende navegar solo en el Ultimo hogar va a tener muchos problemas.
– ¿Y qué pasa con Terry?
– Lo despidió en Roma después de hacer que Cal se marchara. Le dijo que fuera a verte y tú le darías trabajo. A mi me dijo lo mismo. -Sonrió -. ¿Estás lista para ser nuestra jefa de tribu, Melis?
– ¿Cuánto hace que se marchó?
– Una hora quizá. Se fue inmediatamente después de hablar contigo.
– ¿Adonde se dirigía?
– Al sureste, hacia las Islas Griegas.
Ella dio un paso hacia el embarcadero.
– Vámonos ahora mismo.
El se levantó de un salto.
– ¿A dónde?
– Voy a alquilar una lancha rápida y a seguir a ese idiota. Me va a hacer falta alguien que la conduzca mientras yo busco el Ultimo hogar.
– Aún tenemos luz. -El hombre se apresuró en pos de ella -. Tenemos una buena probabilidad de hallarlo.
– Nada de probabilidades. Vamos a encontrarlo.
Descubrieron el Último hogar un momento antes de que oscureciera. La goleta de dos mástiles parecía una nave de otra época bajo la blanda luz. Melis le había dicho varias veces a Phil que el barco le recordaba cuadros del Holandés Errante, y en la confusa y dorada luz del crepúsculo su aspecto era aún más místico.
Y como el Holandés estaba desierto.
Ella sintió un estremecimiento de miedo. No, no podía estar desierto. Phil tenía que estar bajo la cubierta.
