– Da miedo, ¿verdad? -dijo Gary mientras apuntaba la lancha rápida hacia la nave -. Ha apagado los motores. ¿Qué rayos está haciendo?

– Quizá tiene problemas. Se los merece. Echar a su tripulación y huir como… -Melis calló para que la voz se le hiciera más firme-. Aproxímate lo más que puedas. Voy a subir a bordo.

– No creo que te vaya a poner la alfombra roja -dijo Gary señalando hacia la nave. -No te quería ahí, Melis. No nos quería a ninguno de nosotros en este viaje.

– Muy mal. No puedo impedirle desear algo. Sabes que a veces Phil no hace la mejor elección. Ve lo que quiere ver y se lanza de cabeza, a toda velocidad. No puedo dejarlo… ¡Ahí está!

Phil había subido a la cubierta y los miraba con el ceño fruncido por encima del agua que los separaba.

– Phil, maldita sea, ¿qué estás haciendo? -gritó ella -. Voy a subir a bordo.

Phil negó con la cabeza.

– Algo va mal en la nave. El motor acaba de detenerse. No estoy seguro de…

– ¿Qué es lo que no funciona?

– Debí de haberlo sabido. Debí de ser más cuidadoso.

– Hablas como un demente.

– Y no tengo más tiempo de hablar. Tengo que ir a ver si puedo encontrar dónde él… Vete a casa, Melis. Cuida a los delfines. Es muy importante que hagas tu trabajo.

– Tenemos que hablar. No voy a… – Le hablaba al aire. Phil había vuelto a bajar.

– Acércame más.

– No te va a dejar subir a bordo, Melis.

– Sí, lo hará. Aunque tenga que colgarme del ancla de aquí a…

El Ultimo hogar estalló en miles de pequeños y feroces trocitos.

¡Phil!

– ¡No! -Melis no se dio cuenta de que gritaba, tratando de negar lo ocurrido. La nave ardía, la mitad se había hundido -. ¡Aproxímate! Tenemos que…

Otra explosión.

Dolor.

La cabeza se le caía en pedazos, estallaba como la nave.

Oscuridad.



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