No te detengas.

La adrenalina se esfumaba y la debilidad le atenazaba cada miembro.

Aléjate de eso. Concéntrate. Estás nadando hacia la arcada. Ahí no hay dolor.

Ahora corría más de prisa, con más fuerza. Las colinas estaban ahí delante. Podía llegar.

Había atravesado la arcada. Las columnas blancas se destacaban en la distancia.

Marinth…


Isla Lontana

Antillas Menores

Época actual


Calados dorados, como de encaje.

Cortinas de terciopelo.

Tambores.

Alguien iba hacia ella.

Iba a ocurrir de nuevo.

Indefensa. Indefensa. Indefensa.


El grito que brotó de la garganta de Melis la hizo despertarse de un salto.

Quedó sentada en la cama, muy erguida. Temblaba, su camiseta estaba empapada de sudor.

Kafas.

¿O Marinth?

A veces no estaba segura… No tenía importancia.

Sólo era un sueño.

Ella no estaba indefensa. Nunca volvería a estar indefensa. Ahora era fuerte.

Salvo cuando tenía los sueños. Le robaban la fuerza y la obligaban a recordar. Pero ahora los sueños llegaban con menos frecuencia. Había pasado un mes desde que tuvo el último. De todos modos, se sentiría mejor si tuviera alguien con quién hablar. Quizá debería llamar a Carolyn y…

No, afróntalo. Sabía lo que tenía que hacer después de los sueños para librarse de aquellos temblores y retornar a la bendita normalidad. Se quitó de un tirón la camisa de dormir mientras salía del dormitorio y se encaminó hacia la galería.

Un segundo después saltó de la galería al mar.

Era de madrugada pero el agua sólo estaba fresca, no fría, y su cuerpo la percibía como seda líquida. Limpia, acariciante, balsámica…

Sin amenazas. Sin sometimiento. Nada que no fuera la noche y el mar. Dios, qué bueno era estar sola.



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