Pero no estaba sola.

Algo elegante y fresco le acarició la pierna.

– ¿Susie?

Tenía que ser Susie. El delfín hembra era mucho más cariñoso físicamente que Pete. El macho rara vez la tocaba, y cuando lo hacía era algo muy especial.

Pero Pete estaba en el agua a su lado. Lo vio de reojo mientras nadaba hacia la red que cerraba la rada.

– ¡Hola, Pete! ¿Cómo te va?

El delfín emitió una serie de sonidos quedos y a continuación se sumergió bajo el agua. Un segundo después Pete y Susie salieron juntos a la superficie y nadaron delante de ella hacia las redes. Era extraño: siempre sabían cuándo estaba alterada. Habitualmente se comportaban de manera juguetona, a veces con una exuberancia atolondrada. Sólo se volvían tan dóciles cuando percibían que ella estaba alterada. Se suponía que era ella la que entrenaba a los delfines, pero cada día que pasaba en su compañía aprendía algo. Enriquecían su vida y Melis les daba las gracias por…

Algo andaba mal.

Susie y Pete emitían sonidos con frenesí mientras se acercaban a la red. ¿Un tiburón al otro lado?

Se puso tensa.

Habían bajado la red.

Qué demonios… Nadie podía soltar la red a no ser que supiera dónde se enganchaba.

– Yo me ocupo de todo. Volved a casa.

Los delfines hicieron caso omiso y siguieron nadando en torno a ella mientras examinaba la red. No había cortes ni desgarrones en los gruesos alambres. Le llevó escasos minutos volver a tensarla. Echó a nadar hacia el chalet con brazadas amplias, potentes… y preocupada.

No tenía por qué tratarse de un problema. Podía ser Phil, que hubiera regresado de su último viaje. Su padre de acogida llevaba esta vez siete meses fuera y sólo le había telefoneado o enviado una tarjeta postal de modo ocasional para decirle que estaba vivo todavía.

Pero podía tratarse de problemas. Phil se había visto obligado a ocultarse desde hacía casi dos años y la amenaza solo había desaparecido parcialmente. Allá fuera aún podía haber gente que anhelara ponerle las manos encima. Phil no era la persona más discreta del mundo y su criterio no era tan agudo como su intelecto. Era un soñador que corría más riesgos que…



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