– ¡Melis!

Se detuvo chapoteando en el sitio, con la mirada en la galería, a corta distancia. Pudo ver la silueta de un hombre sobre el fondo del salón iluminado. No era la figura pequeña y nervuda de Phil. Aquel hombre era grande, musculoso y vagamente conocido.

– Melis, no quería asustarte. Soy yo, Cal.

Ella se relajó. Cal Dugan, el primer oficial de Phil. No había amenaza alguna. Conocía a Cal desde los dieciséis años y simpatizaba con él. Habría atracado su bote al otro lado de la casa, donde ella no podía verlo. Melis nadó hacia la galería.

– ¿Por qué no me llamaste? ¿Y por qué demonios no volviste a levantar la red? Si un tiburón hubiera atacado a Pete o a Susie, te habría estrangulado.

– Me disponía a regresar para hacerlo -dijo a la defensiva -. En realidad, iba a convencerte de que lo hicieras tú. Para enganchar la red en la oscuridad tendría que saber Braille.

– Eso no es suficiente. En un minuto puede aparecer cualquier amenaza para los delfines. Tienes suerte de que no haya pasado nada.

– ¿Cómo sabes que no se ha metido un tiburón?

– Pete me lo habría dicho.

– Ah, claro, Pete. -Dejó caer una toalla de baño en la galería y se volvió de espaldas -. Dime cuándo puedo volverme. Me imagino que no te habrás puesto el bañador.

– ¿Y por qué habría de hacerlo? No hay nadie que pueda verme salvo Pete y Susie. -Se alzó hasta subir a las baldosas y se envolvió en la enorme toalla-. Y visitas que llegan sin invitación.

– No seas grosera. Phil me invitó.

– Puedes volverte. ¿Cuándo viene? ¿Mañana? Cal se volvió.

– No lo creo.

– ¿No está en Tobago?



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