
– Cuando me envió hacia aquí había puesto rumbo a Atenas.
– ¿Qué?
– Me dijo que tomara un avión en Genova, que viniera y te entregara esto. – Le pasó un grueso sobre de papel Manila-. Y que lo esperara aquí
– ¿Qué lo esperaras? Te necesitará allí. No puede pasárselas sin ti, Cal.
– Eso fue lo que le dije. -Se encogió de hombros -. Me ordenó que viniera y permaneciera contigo.
Ella le echó una mirada al sobre que tenía en las manos.
– Aquí no puedo ver nada. Entremos, vamos a donde haya luz. – Se ajustó la toalla en torno al cuerpo -. Hazte café mientras le echo un vistazo a esto.
Cal retrocedió un paso.
– ¿Podrías decirle a esos delfines que no voy a hacerte daño y que dejen de chillar?
Melis apenas se había dado cuenta de que los delfines estaban aún junto a la galería.
– Marchaos, chicos. Todo está en orden. Pete y Susie desaparecieron bajo el agua.
– Que me parta un rayo -dijo Cal-. Te entienden.
– Sí. -Su voz denotaba distracción mientras entraba en el chalet-. ¿Genova? ¿En qué está metido Phil?
– No tengo ni idea. Hace unos meses me dejó a mí y a toda la tripulación en Las Palmas y nos dijo que teníamos tres meses de vacaciones. Contrató temporalmente a algunos marineros para navegar en el Último hogar y levó anclas.
– ¿Hacia dónde fue?
Cal se encogió de hombros.
– No quiso decirlo. Un gran secreto. Algo totalmente impropio de Phil. No era como aquella vez que se fue a navegar contigo. Esta vez era diferente. Tenía los nervios a flor de piel y no dijo nada cuando volvió para recogernos. -Hizo una mueca-. No parecía que hubiéramos estado a su lado durante los últimos quince años. Yo estaba allí cuando descubrió el galeón español, y Terry y Gari se enrolaron un año después. Aquello… fue ofensivo.
– Sabes que cuando está obsesionado con una cosa no es capaz de ver nada más.
Pero ella no recordaba que él hubiera dejado fuera su tripulación. Para Phil eran lo más parecido a la familia que podía permitirse tener cerca. Mucho más cerca de lo que le permitía a ella.
