
Aunque con toda probabilidad era culpa de ella. Le resultaba difícil mostrar abiertamente su afecto por Phil. Siempre había sido la protectora en una relación que por momentos se tornaba volátil y tormentosa. Con frecuencia se mostraba impaciente y frustrada con la obstinación casi infantil del hombre. Pero eran un equipo, cada uno satisfacía las necesidades del otro y él le caía bien.
– Melis.
Miró a Cal, que la contemplaba estupefacto.
– ¿Te importaría ponerte algo de ropa? Eres una mujer bellísima, y aunque tengo edad suficiente para ser tu padre, eso no quiere decir que no reaccione de la forma habitual.
Eso era verdad. No importaba que la conociera desde la época en que era una adolescente. Los hombres seguían siendo hombres. Hasta los mejores estaban dominados por el sexo. Le había llevado tiempo aceptar aquella verdad sin irritarse.
– Ahora vuelvo. -Echó a andar hacia el dormitorio -. Prepara ese café.
No se molestó en darse una ducha antes de ponerse sus pantalones cortos y su camiseta de siempre. Después se sentó en la cama y abrió el sobre. Podía no tener importancia, ser algo totalmente impersonal, pero no había querido abrirlo delante de Cal.
El sobre contenía dos documentos. Sacó el primero y lo abrió.
Se tensó de inmediato.
– Qué demonios…
Hotel Hyatt
Atenas, Grecia
– Deja de discutir. Voy a recogerte. -La mano de Melis apretó con fuerza el teléfono -. ¿Dónde estás, Phil?
– En una taberna del puerto. El hotel Delphi – dijo Phil Lontana-. Pero no voy a meterte en esto, Melis. Vuelve a casa.
– Lo haré. Los dos nos vamos a casa. Y ya estoy metida. ¿Creías que iba a quedarme allí sin hacer nada tras recibir la notificación de que me habías legado la isla y el Ultimo Hogar? Es lo más parecido a un testamento que he visto en mi vida. ¿Qué demonios pasa?
