
Rebka era un hombre delgado y cabezón, con manos y pies demasiado grandes para su cuerpo. Tenía el aspecto macilento y algo deforme de quien había sufrido una persistente desnutrición durante la infancia. Pero estas privaciones tempranas no habían afectado su cerebro en lo más mínimo. A los ocho años ya conoció las desigualdades, cuando vio varias imágenes de los opulentos mundos de la Alianza, en los límites del Círculo Phemus. Una intensa ira nació en su interior. Rebka aprendió a utilizarla, a canalizarla y controlarla, al mismo tiempo que aprendió a ocultar sus sentimientos con una sonrisa. Para cuando cumplió los doce años, ya había logrado salir de Teufel y se encontraba en un programa de entrenamiento del gobierno en el Círculo Phemus.
Rebka estaba orgulloso de su hoja de servicios. Partiendo de la nada, había progresado sin pausa durante veinticinco años. Había participado en grandes proyectos para transformar a los mundos más inhóspitos en paraísos humanos (algún día haría lo mismo por Teufel); había conducido peligrosas expediciones al corazón de la región cometaria, lejos de cualquier posibilidad de obtener ayuda si algo salía mal; había volado tan cerca de las superficies estelares que las comunicaciones habían resultado imposibles bajo el rugido de la radiación ambiente, y, al regresar, su nave estaba erosionada e irremediablemente fundida. Incluso había conducido a una dotación en un viaje casi legendario a través del Zirkelloch, la rareza toroidal del espacio-tiempo que se encontraba en la disputada tierra de nadie entre los mundos de la Cuarta Alianza y los de la Federación Cecropia.
