—Claro, claro. —Pummairam cogió las cosas de Everard—. Simplemente, dígnese a acompañarme.

En realidad, no era difícil orientarse. Como ciudad planificada, en lugar de haber crecido de forma orgánica durante siglos, Tiro estaba distribuida más o menos como una red. Las vías públicas estaban pavimentadas, disponían de alcantarillado y eran razonablemente amplias dada la escasez de suelo de la isla. No tenían aceras, pero eso no importaba, porque exceptuando unas cuantas rutas de transporte, no se permitía que las bestias de carga las recorriesen fuera de la zona de los muelles; ni tampoco la gente tiraba nada en las vías públicas. La rotulación y los indicadores también faltaban, claro, pero eso tampoco importaba, ya que casi cualquiera se sentiría feliz de dar indicaciones sólo por intercambiar unas palabras con un extranjero o tener la oportunidad de proponer un negocio.

Las paredes se levantaban a izquierda y derecha, casi sin ventanas, cercando las casas interiores en un esquema que prevalecería durante milenios en los países mediterráneos. Frenaban la brisa y reflejaban el calor de] sol y los sonidos, y entre ellas se movían olores intensos. Pero Everard disfrutaba del lugar. Todavía más que en el puerto, la multitud se movía, se empujaba, hacía gestos, reía la gente, hablaba como una ametralladora, cantaba, gritaba. Los mozos bajo sus cargas, los porteadores de literas llevaban de vez en cuando a algún ciudadano rico y se abrían paso entre marineros, artesanos, vendedores, obreros, esposas, artistas, agricultores y pastores, extranjeros de un extremo a otro del mar del centro del mundo, entre todas las condiciones y los modos de, vida. Si la mayoría de las prendas tenían colores apagados, muchas eran extravagantes y ninguna parecía no cubrir un cuerpo que no rebosase de energía.



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