
Everard se encontró esbozando una sonrisa.
—Bien, hijo, podría ser que estuvieses exagerando un poquito —dijo.
El chico se golpeó en el delgado pecho.
—No más de lo necesario para darle a su magnificencia la idea correcta. Está claro que es usted un hombre de gran experiencia, juez de lo mejor, así como dispuesto a recompensar con generosidad el leal servicio. Venga, déjeme acompañarlo a un alojamiento o a lo que pueda desear, y luego juzgue usted mismo si Pummairam le ha guiado bien.
Everard asintió. Tenía el mapa de Tiro grabado en la memoria; no necesitaba un guía. Sin embargo, sería natural que un recién llegado lo contratase. Además, el chico evitaría que otros le molestasen y podría darle algunos buenos consejos.
—Muy bien, guíame hasta donde debo ir. ¿Tu nombre es Pummairam?
—Sí, señor. —Como el joven no mencionó a su padre como era la costumbre, probablemente no sabía quién había sido—. ¿Puedo preguntar cómo debe este humilde sirviente dirigirse a su amo?
—Nada de título. Soy Eborix, hijo de Mannoch, de un país más allá de los aqueos. —Como ya no le escuchaba Mago, el patrullero pudo añadir—: Busco a Zakarbaal de Sidón, que representa a los suyos en esta ciudad. —Eso significaba que Zakarbaal representaba la firma de su familia entre los tirios y que se encargaba de los asuntos entre visitas de sus barcos—. He oído que su casa se encuentra en la, humm, calle de los Cereros. ¿Puedes mostrarme el camino?
