Había puestos adosados a las paredes. Everard no pudo resistirse a demorarse aquí y allá para mirarla oferta. No encontró el famoso tinte púrpura; era demasiado caro e iba buscado por todos los fabricantes de tela del mundo, puesto que estaba destinado a convertirse en el color tradicional de la realeza. Pero no había escasez de telas brillantes, drapeados, alfombras. Abundaban los objetos de vidrio, desde cuentas huta tazas; era otra especialidad de los fenicios, una invención propia. Las joyas y figuritas, a menudo talladas en marfil y fundidas en metales preciosos, eran excelentes; aquella cultura producía muy poco o casi nada de artístico, pero copiaba con libertad y habilidad. Amuletos, hechizos, chucherías, comida, bebida, utensilios, armas, instrumentos, juegos, juguetes, infinidad de cosas…

Everard recordó cómo la Biblia se vanagloriaba (se vanagloriaría) la fortuna de Salomón y de dónde la había obtenido: «Porque el rey tenía en el mar una flota de Tarsis con la flota de Hiram: una vez cada tres años llegaba la flota de Tarsis, y traía oro y plata, y marfil y monas, pavos reales. »

Pummairam se apresuraba a interrumpir la conversación con los comerciantes y hacer que Everard siguiese su camino.

—Dejad que muestre a mi maestro dónde está realmente la buena creencia. —Sin duda eso implicaba una buena comisión para Pumiram, pero qué demonios, el chico tenía que vivir de algo, y no parea que viviese demasiado bien.

Siguieron el canal durante un rato. Cantando obscenidades, los marineros tiraban de una nave cargada. Los oficiales permanecían en cubierta, envueltos en la dignidad que corresponde a los hombres de negocios. La burguesía fenicia tendía a ser muy sobria… menos en la religión, algunos de cuyos ritos eran lo suficientemente orgiásticos como para compensar.

La calle de los Cereros se alejaba del agua.



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