Era razonablemente larga, ocupada por grandes edificios de almacenes así como de oficinas y viviendas particulares. También era tranquila, a pesar de que el otro extremo daba a una avenida concurrida; allí no se apoyaba ninguna tienda en las altas y calientes paredes, y había un poco de gente. Capitanes y armadores que venían a buscar suministros, mercaderes que venían a negociar, y, sí, dos monolitos flanqueaban la entrada de un pequeño templo dedicado a Tanith, Nuestra Señora de las Olas. Varios niños pequeños que debían de pertenecer a familias residentes —chicos y chicas juntos, desnudos por completo o casi— corrían jugando mientras ladraba un demacrado perro callejero.

Había un mendigo sentado, con las rodillas alzadas, a la sombra de la boca de un callejón. Tenía el cuenco entre los pies desnudos. Un caftán le cubría el cuerpo y una capucha le oscurecía el rostro. Everard vio el trozo de tela atado sobre los ojos. Pobre diablo ciego; la oftalmía era una de las incontables maldiciones que hacían que, después de todo, el mundo antiguo no fuese tan atractivo… Pummairam dejó atrás al hombre para alcanzar a un sacerdote que abandonaba el templo.

—Vuestra reverencia, si pudieseis ayudarme —gritó—, ¿cuál es la puerta de Zakarbaal el sidonio? Mi amo condesciende a visitarlo… —Everard, que ya conocía la respuesta, apretó el paso para alcanzarlo.

El mendigo se puso en pie. Con la mano izquierda se quitó el vendaje para dejar al descubierto un rostro delgado con una espesa barba y un par de ojos que seguramente habían estado vigilándole por entre el trapo. De las amplias mangas, la mano derecha sacó algo que relucía.

¡Una pistola!

Everard se apartó instintivamente. El dolor le golpeó el hombro izquierdo. Una pistola sónica, comprendió, del futuro de su propia era, silenciosa, sin retroceso. Si el rayo invisible le daba en la cabeza o el corazón estaría muerto, y sin ninguna marca.



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