
No tenía demasiado en cuenta las limitaciones. Sus viajes por la historia le habían curado de remilgos y le habían endurecido frente a las adversidades del hombre y la naturaleza… hasta cierto punto. Para su época, aquellos cananeos eran un pueblo culto y feliz. De hecho, lo eran más que la mayoría de la humanidad de cualquier lugar o tiempo.
Su trabajo era que continuara siendo así.
Mago recobró su atención.
—Por desgracia, están esos sinvergüenzas que robarían a un recién llegado inocente. No quiero que te suceda, Eborix, amigo. He acabado apreciándote a lo largo del viaje y quiero que tengas buena opinión de mi ciudad. Déjame mostrarte la posada de un cuñado mío… hermano de mi mujer más joven. Te proporcionará un buen catre y un lugar seguro para tus bienes por un precio justo.
—Te doy las gracias —contestó Everard—, pero mi idea era buscar al hombre del que me han hablado. Recuerda, su presencia me dio ánimos para venir aquí. —Sonrió—. Eso sí, si ha muerto o se ha mudado, seré feliz de aceptar tu oferta.
Eso no era más que amabilidad. La impresión que se había llevado de Mago durante el viaje era que resultaba tan codicioso como cualquier otro mercader aventurero, y que tenía la esperanza de estafarle.
El capitán lo estudió un momento. A Everard se le consideraba alto en su propia época, lo que lo convertía aquí en un gigante. Una nariz rota entre los rasgos marcados contribuía a su aspecto de dureza, mientras que los ojos azules y el pelo castaño oscuro recordaban el norte salvaje. Era mejor no atosigar demasiado a Eborix.
Al mismo tiempo, su disfraz celta no era una gran sorpresa en aquel lugar cosmopolita. No sólo llegaban allí ámbar del litoral báltico, estaño de Iberia, condimentos de Arabia, madera de África, ocasionalmente productos de aún más lejos: los hombres también lo hacían.
