
Al comprar pasaje, Eborix dijo que debía abandonar su montañosa tierra natal por una disputa perdida, para buscar fortuna en el sur. Vagando, había cazado y trabajado por su sustento, cuando no recibía hospitalidad a cambio de su historia. Había ido a parar entre los umbríos de Italia, que se parecían a él (los celtas no comenzarían a controlar Europa, hasta el Atlántico, hasta pasados tres siglos, cuando se hubiesen familiarizado con el hierro; pero ya en esa época algunos se habían hecho con territorios lejos del valle del Danubio, la cuna de su raza). Uno de ellos, que había servido como mercenario, describió oportunidades en Canaán y le enseñó a Eborix la lengua púnica. Eso indujo a éste a buscar una bahía en Sicilia donde los comerciantes fenicios atracaban con regularidad y a comprar pasaje con los bienes que había adquirido. Se decía que en Tiro vivía un hombre de su tierra natal, instalado allí tras una carrera aventurera, y que probablemente estaría dispuesto a dirigir a un compatriota en una dirección rentable.
Esa mentira, cuidadosamente inventada por especialistas de la Patrulla, hizo algo más que saciar la curiosidad local. Hizo que el viaje de Everard fuese seguro. Si hubiesen supuesto que el extranjero no tenía ningún contacto, Mago y la tripulación quizá se hubiesen sentido tentados de caer sobre él mientras dormía, atarlo y venderlo como esclavo. Como estaban las cosas, el viaje había sido interesante, sí, incluso divertido. Everard había acabado sintiendo aprecio por aquellos pillos.
Eso redoblaba su deseo de salvarlos.
El tirio suspiró.
—Como desees —dijo—. Si me necesitas, mi hogar está en la calle del Templo de Anat, cerca de¡ muelle sidonio. —Sonrió—. En cualquier caso, venid a verme, tú y tu anfitrión. ¿Dijiste que se dedica al comercio de ámbar? Quizá podamos hacer negocios… Ahora, échate a un lado, tengo que llevar la nave a puerto. —Gritó algunas órdenes llenas de profanaciones.
