Con destreza, los marineros situaron la nave a lo largo de un muelle, la aseguraron, y pusieron las planchas. La gente se acercaba, pidiendo noticias a gritos, solicitando trabajo de estibador, cantando alabanzas sobre los productos de los establecimientos de sus amos. Pero ninguno subió a bordo. Ésa era en principio una prerrogativa de] agente de aduanas. Un guarda, con casco y cota, armado con lanza y espada corta, se puso frente a él y se abrió paso entre la multitud, dejando un rastro de insultos benevolentes. Tras el oficial trotaba un secretario sujetando un estilo y una tabla de cera.

Everard bajó y recogió el equipaje que había guardado entre los bloques de mármol italiano que constituían la carga principal de la nave. El oficial le exigió que abriese los dos sacos de cuero. En ellos no había nada de especial. El sentido de viajar desde Sicilia, en lugar de saltar en el tiempo directamente allí, era que el patrullero pasara por lo que decía ser. Estaban casi seguros de que el enemigo vigilaba con cuidado los acontecimientos, y que se acercaban al momento de la catástrofe.

—Al menos podrás vivir durante un tiempo. —El oficial fenicio inclinó un poco la cabeza cuando Everard le mostró unos cuantos lingotes pequeños de bronce. Faltaban siglos para que se inventase la acuñación de monedas, pero el metal podía cambiarse por cualquier cosa—. Debes comprender que no podemos permitirle la entrada a nadie de quien pensemos que se puede convertir en un ladrón. De hecho…

—Miró dubitativo la espada bárbara—. ¿Cuáles tu propósito al venir aquí?

—Busco un trabajo honrado, señor, como guarda de caravana. Busco a Conor, el mercader de ámbar.

La existencia de ese celta residente había sido una razón de peso para que Everard adoptase aquel disfraz. Lo había sugerido el jefe de la e local de la Patrulla.



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