
El tirio tomó una decisión.
—Muy bien, puedes bajar a tierra, y también el arma. Recuerda que crucificamos a los ladrones, bandidos y asesinos. Si no consigues trabajo, busca la casa de empleo de lthobaal, cerca del Salón de los Magistrados. Él siempre puede encontrar algún trabajo eventual para un tipo grande como tú. Buena suerte.
Se volvió a tratar con Mago. Everard esperó, aguardando la oportunidad de decirle adiós al capitán, La discusión fue rápida, casi informal, y el impuesto a pagar sería modesto. Aquella raza de negociantes no necesitaba la complicada burocracia de Egipto o Mesopotamia.
En cuanto hubo dicho lo que quería, Everard tomó sus bolsas por los cordones y bajó a tierra, La multitud lo rodeó, mirando, hablando. Al principio se asombró; después de un par de tentativas de aproximación, ya nadie le pidió limosna ni le ofreció baratijas. ¿Era el Cercano Oriente?
Recordó la ausencia de dinero. Un recién llegado era poco probable que tuviese algo equivalente al cambio. Normalmente negociabas con el posadero cama y comida por cierta cantidad de metal o lo que llevases de valor. Para compras menores, cortabas un trozo de un lingote, a menos que se acordase algo diferente (los fondos de Everard incluían ámbar y cuentas de nácar). En ocasiones llamabas a un intermediario que se ocupaba de tu transacción como parte de otra de mayor envergadura en la que había implicados varios individuos más. Si te sentías caritativo, llevabas encima un poco de grano o fruta seca para llenar los cuencos de los indigentes.
Everard no tardó en dejar atrás a la mayoría de la gente, principalmente interesada en la tripulación. Unos pocos buscadores de curiosidades y alguna miradas le siguieron. Recorrió el muelle hacia una puerta abierta.
Una mano le agarró la manga, Sobresaltado lo suficiente para trastabillar, bajó la vista.
Un muchacho de tez oscura le sonrió. Tenía dieciséis años, más o menos, a juzgar por la pelusa de la barbilla, aunque resultaba pequeño y esquelético incluso para los cánones del lugar. Sin embargo, se movía con agilidad, descalzo como iba y vestido sólo con una falda raída y sucia de la que colgaba una bolsa. El pelo negro rizado le caía en una cola tras Un rostro de nariz angulosa y mentón marcado. Su sonrisa y sus ojos —grandes ojos levantinos de largas pestañas— eran brillantes.
