—¡Saludos señor, saludos a usted! —fue su presentación—. ¡Vida, salud y fuerza a los suyos! ¡Bienvenido a Tiro! ¿Adónde va, señor, y qué puedo hacer por usted?

No farfulló, sino que lo dijo con mucha claridad, con la esperanza de que el extraño lo entendiese. Cuando recibió una respuesta en su propia lengua, saltó de alegría.

—¿Qué quieres, muchacho?

—Señor, ser su guía, su consejero, su ayudante, y, sí, su guardián. Por desgracia, nuestra ciudad, por lo demás agradable, está llena de maleantes que no desean más que atacar a un inocente visitante. Sí no le roban todo lo que tiene al primer parpadeo, al menos le desearán las terribles desgracias, a un coste que le dejará pobre casi con igual rapidez …

El muchacho salió corriendo. Había visto aproximarse a un joven aspecto desastrado. Aceleró para interceptarlo agitando los puños, gritando con demasiada rapidez y demasiado frenético como para que Everard entendiese más que unas pocas palabras.

—… ¡Chacal piojoso!… Yo lo vi primero… Vuelve a la letrina de la saliste… El joven se envaró. Intentó desenvainar un cuchillo que le colgaba del hombro. Apenas se había movido cuando el pilluelo se sacó una honda de la bolsa y una piedra para cargarla. Se agachó, apuntó y dio vueltas a la correa de cuero. El hombre escupió, dijo algo desagradable, dio la vuelta y se fue. Los transeúntes que habían prestado atención echaron a reír.

El chico también rió, con alegría, y volvió con Everard.

—Eso, señor, es un ejemplo perfecto de lo que le explicaba —dijo.



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