– Deje de tergiversar mis palabras.

– Pero si usted misma las tergiversa de maravilla, señorita Lyndon -cuando ella no respondió, Charles añadió-: Era un cumplido.

Ella aceleró el paso y lo arrastró por el camino de tierra.

– Me desconcierta, milord.

Charles sonrió mientras pensaba lo estupendo que era desconcertar a la señorita Eleanor Lyndon. Se quedó callado unos minutos y, luego, cuando pasaron una curva, preguntó:

– ¿Estamos cerca?

– Creo que debemos ir por la mitad. -Ellie miró hacia el horizonte y vio cómo el sol iba cayendo-. Se está haciendo tarde. Papá me cortará la cabeza.

– Juro sobre la tumba de mi padre… -Charles intentaba parecer serio, pero le entró hipo.

Ellie se volvió hacia él tan deprisa que se golpeó con la nariz en su hombro.

– ¿De qué habla, milord?

– Intentaba… hic… jurarle que no… hic… trato de retenerla de forma deliberada.

Ella arqueó la comisura de los labios.

– No sé por qué le creo -dijo-, pero lo hago.

– Quizá porque mi tobillo parece una pera pasada -se rió él.

– No -respondió ella muy pensativa-. Creo que es mucho mejor persona de lo que quiere que los demás crean.

El se burló diciendo:

– Estoy muy lejos de ser… hic… buena persona.

– Seguro que, en Navidades, dobla el sueldo de sus empleados.

Para mayor irritación de Charles, se sonrojó.

– ¡Aja! -exclamó ella, triunfante-. ¡Lo hace!

– Fomenta la lealtad -murmuró él.

– Les da dinero para que puedan comprar algún regalo para la familia -añadió ella con suavidad. Él gruñó y se volvió.

– Un atardecer precioso, ¿no cree, señorita Lyndon?

– El cambio de tema ha sido algo brusco -respondió ella con una sonrisa cómplice-, pero sí, es muy bonito.



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