– Hace un día precioso, ¿no le parece? -preguntó él cuando se dijo que quizá tendría que darle conversación.

– Sí-asintió Ellie, que caminaba a trompicones bajo el peso del conde-. Pero se está haciendo tarde. ¿Sería posible que fuera un poco más deprisa?

Charles agitó la mano en un gesto exagerado y dijo:

– Ni siquiera yo soy tan canalla de fingir una cojera sólo para disfrutar de las atenciones de una preciosa dama.

– ¡Quiere dejar de mover el brazo! Vamos a perder el equilibrio.

Charles no sabía por qué, quizá sólo era porque todavía estaba ebrio, pero le gustaba cómo hablaba de ellos en primera persona del plural. Había algo en esa señorita Lyndon que lo hacía alegrarse de tenerla al lado. Y no porque creyera que pudiera ser una enemiga temible, sino porque parecía leal, sensata y justa. Y tenía un sentido del humor muy retorcido. El tipo de persona que un hombre querría a su lado cuando necesitaba apoyo.

Volvió la cara hacia ella.

– Huele bien -dijo.

– ¿Qué? -gritó ella.

Y, encima, tomarle el pelo era muy divertido. ¿Se había acordado de añadirlo a la lista de cualidades? Siempre estaba bien rodearse de gente de la que poder reírse. Adquirió una expresión inocente.

– Usted. Que huele bien -repitió.

– Un caballero no dice esas cosas a una dama -respondió ella con remilgo.

– Estoy borracho -respondió él mientras se encogía de hombros sin arrepentimiento-. No sé lo que digo.

Ella entrecerró los ojos llenos de sospecha.

– Tengo la sensación de que sabe exactamente lo que dice.

– Señorita Lyndon, ¿me está acusando de intentar seducirla?

Le parecía imposible, pero ella se sonrojó todavía un poco más. Charles se dijo que ojalá pudiera ver el color de su pelo, que estaba escondido debajo de aquel horrible sombrero. Tenía las cejas rubias, y destacaban todavía más con la cara colorada.



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