
– Es increíble la cantidad de colores que aparecen durante el atardecer -continuó él-. Hay tonos naranjas, rosas y melocotones. Ah. Y un toque de color azafrán allí -señaló hacia el suroeste-. Y lo más sorprendente es que mañana será totalmente distinto.
– ¿Es artista? -preguntó Ellie.
– No -respondió él-. Me gustan los atardeceres.
– Bellfield está detrás de aquella curva -dijo ella.
– ¿Ya?
– Parece decepcionado.
– Supongo que no quiero ir a casa -respondió él.
Suspiró y pensó en lo que le esperaba allí. Un montón de piedras que formaban Wycombe Abbey. Un montón de piedras cuya manutención costaba una fortuna. Una fortuna que se le escaparía entre los dedos en menos de un mes gracias al entrometido de su padre.
Cualquiera diría que la rigidez de George Wycombe para administrar el dinero desaparecería con su muerte, pero no; había encontrado la forma de seguir asfixiando a su hijo desde la tumba. Charles maldijo en voz baja mientras pensaba en la idoneidad de la imagen. Realmente tenía la sensación de que lo estaban asfixiando.
Dentro de exactamente quince días cumpliría los treinta años. Dentro de exactamente quince días, toda su herencia desaparecería. A menos que…
La señorita Lyndon tosió y se quitó una mota de polvo del ojo. Charles la observó con un interés renovado.
A menos que… pensó muy despacio porque no quería que su cerebro, todavía algo aturdido, pasara por alto ningún detalle importante. A menos que, en algún momento de esos quince días, consiguiera casarse.
La señorita Lyndon lo llevó hacia la calle principal de Bellfield y señaló hacia el sur.
– El Bee and Thistle está justo allí. No veo su coche. ¿Lo ha dejado en la parte de atrás?
Charles se dijo que tenía una voz bonita. Tenía una voz bonita, un cerebro bonito, un ingenio bonito y, aunque todavía no sabía de qué color tenía el pelo, tenía las cejas muy bonitas. Y la sensación de estar pegado a ella era preciosa.
