– Por favor -se burló ella-. Si intenta hacerme creer que se ha enamorado perdidamente de mí a primera vista, deje que le diga que no me lo creo.

– No intento decirle nada de eso -dijo él-. Jamás insultaría su inteligencia de esa forma.

Ellie parpadeó y pensó que quizá acababa de insultar otro aspecto de su persona, aunque no estaba segura de cuál.

– El problema es que… -Charles se detuvo y se aclaró la gar-ganta-. ¿Podemos continuar la conversación en otro sitio? Quizá en algún lugar donde pueda sentarme en una silla y no en el suelo.

Ellie frunció el ceño unos segundos antes de ofrecerle la mano casi por obligación. Todavía no estaba segura de que no se estuviera riendo de ella, pero la forma de tratarlo en aquellos últimos instantes no había sido la correcta y tenía remordimientos. No estaba de acuerdo en pegar a un hombre cuando estaba en el suelo, y menos cuando había sido ella quien lo había dejado caer.

Él aceptó la mano y volvió a levantarse.

– Gracias -dijo muy seco-. Está claro que es una mujer con mucho carácter. Por eso me estoy planteando casarme con usted. Ellie entrecerró los ojos.

– Si no deja de burlarse de mí…

– Creo que ya le he dicho que lo digo muy en serio. Y nunca miento.

– Pues es la mayor mentira que he oído en mi vida -respondió ella.

– Está bien. Nunca miento sobre nada importante.

Ella apoyó las manos en las caderas y dijo:

– Ya.

Él exhaló algo molesto.

– Le aseguro que nunca mentiría sobre algo así. Y debo añadir que ha desarrollado una opinión excesivamente pobre sobre mí. ¿Por qué?

– Lord Billington, ¡le consideran el mayor donjuán de Kent! Lo dice hasta mi cuñado.

– Recuérdame que estrangule a Robert la próxima vez que lo vea -murmuró Charles.

– Y podría perfectamente ser el mayor donjuán de toda Inglaterra, aunque, como hace años que no salgo de Kent, no puedo saberlo, pero…



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