
– Dicen que los donjuanes son los mejores maridos -la interrumpió él.
– Los donjuanes reformados -respondió ella-. Y dudo sinceramente que usted vaya en esa dirección. Además, no pienso casarme con usted.
Él suspiró.
– Me gustaría mucho que lo hiciera.
Ellie lo miró con incredulidad.
– Está loco.
– Estoy perfectamente, se lo aseguro -hizo una mueca-. El loco era mi padre.
De repente, Ellie tuvo una visión de muchos niños locos riendo y retrocedió. Dicen que la locura se lleva en la sangre.
– Por el amor de Dios -murmuró Charles-. No estaba mal de la cabeza. Es que me dejó en un buen aprieto.
– No entiendo qué tiene que ver todo eso conmigo.
– Todo -respondió él con misterio.
Ellie retrocedió un poco más porque decidió que Billington no es que estuviera loco, es que estaba de manicomio.
– Si me disculpa -se apresuró a decir-, será mejor que me vaya a casa. Estoy segura de que desde aquí podrá continuar usted solo. Su coche… Usted dijo que estaba en la parte de atrás. Debería poder…
– Señorita Lyndon -dijo él, muy seco.
Ella se detuvo de golpe.
– Tengo que casarme -le dijo sin tapujos-, y tengo que hacerlo en los próximos quince días. No tengo otra opción.
– No creo que usted haga algo contrario a sus propósitos.
Charles la ignoró.
– Si no me caso, perderé mi herencia. Hasta el último penique -esbozó una amarga sonrisa-. Sólo me quedará Wycombe Abbey, y créame cuando le digo que ese montón de piedras no tardarán en caer al suelo si no dispongo de los fondos para mantenerlo.
– Nunca había oído hablar de una situación como ésta -dijo Ellie.
– No es tan extraña.
– Pues, si me lo permite, a mí me parece extrañamente estúpida.
– Sobre eso, señora, estamos totalmente de acuerdo.
Ellie retorció un pedazo de tela marrón del vestido entre los dedos mientras sopesaba aquellas palabras.
