– No entiendo por qué cree que soy la indicada para ayudarle -dijo ella al final-. Estoy segura de que podría encontrar una esposa perfecta en Londres. ¿No lo llaman «El Mercado Marital»? Seguro que allí lo consideran todo un partido.

Él dibujó una irónica sonrisa.

– Por sus palabras, parece que sea un pescado.

Ellie lo miró y contuvo la respiración. Era terriblemente apuesto y profundamente encantador, y ella sabía que no era inmune a esas cualidades.

– No -admitió ella-. Un pescado, no.

Él se encogió de hombros.

– He estado ignorando lo inevitable. Lo sé. Pero entonces llega y cae en mi vida en el momento más desesperado de…

– Disculpe, pero creo que ha sido usted quien ha caído en mi vida.

Él chasqueó la lengua.

– ¿He mencionado que, además, es usted muy divertida? Y me he dicho: «Bueno, lo hará tan bien como cualquiera» y…

– Si lo que pretende es cortejarme -dijo Ellie con cierta acidez-, no lo está consiguiendo.

– Mejor que cualquiera -corrigió él-. De veras. Es la primera mujer que conozco que creo que podría soportar -aunque Charles tenía claro que no pretendía dedicarse en cuerpo y alma a su esposa. De ella sólo necesitaría su nombre en el certificado de matrimonio. Y, bueno, puesto que tendría que pasar cierto tiempo con ella, más valía que fuera alguien decente. La señorita Lyndon parecía cumplir perfectamente con todos los requisitos.

Y, en silencio añadió para sí mismo, en algún momento tendría que tener un heredero. Sería mejor que encontrara a alguien con un poco de cerebro en la cabeza. No querría tener una descendencia estúpida. Volvió a mirarla. Lo estaba observando con suspicacia. Sí, era de las listas.

Había algo realmente atractivo en ella. Tenía la sensación de que el proceso de fabricar ese heredero sería tan placentero como el resultado. Le ofreció una reverencia, aunque se sujetó a su codo para no caer al suelo.

– ¿Qué dice, señorita Lyndon? ¿Nos lanzamos?



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