
– ¿Nos lanzamos? -Ellie se rió. No era la proposición de sus sueños.
– Sí, estas cosas se me dan un poco mal. La verdad, señorita Lyndon, es que si un hombre tiene que encontrar esposa, es mejor que sea alguien que le guste. Tendríamos que pasar algún tiempo juntos, ya sabe.
Ella lo miró con incredulidad. ¿Tan borracho estaba? Se aclaró la garganta varias veces mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas. Al final, dijo:
– ¿Intenta decir que le gusto?
Él sonrió de forma muy seductora.
– Mucho.
– Tendré que pensármelo.
Él inclinó la cabeza.
– No quisiera casarme con alguien capaz de tomar una decisión como ésta en un segundo.
– Seguramente, necesitaré varios días.
– No demasiados, espero. Sólo tengo quince días antes de que mi odioso primo Phillip ponga sus asquerosas manos en mi dinero.
– Debo advertirle que, casi con toda seguridad, mi respuesta será que no.
El no dijo nada. Ellie tuvo la desagradable sensación de que ya estaba pensando a quién acudir si ella lo rechazaba. Al cabo de unos instantes, Charles dijo:
– ¿Quiere que la acompañe a su casa?
– No es necesario. Vivo muy cerca. ¿Podrá arreglárselas solo?
El asintió.
– Señorita Lyndon.
Ella hizo una pequeña reverencia.
– Lord Billington -y luego se volvió y se marchó, y esperó a estar fuera del campo de visión del conde para dejarse caer contra la pared de un edificio y, si alguien le leía los labios, sabría que había dicho: «¡Dios mío!»
El reverendo Lyndon no toleraba que sus hijas pronunciaran el nombre del Señor en vano, pero Ellie estaba tan sorprendida por la propuesta de Billington que todavía seguía murmurando «Dios mío» cuando cruzó el umbral de su casa.
– Ese lenguaje es absolutamente indecoroso en una joven, aunque ya no sea tan joven -dijo una voz de mujer.
Ellie refunfuñó. En cuanto a las normas morales, sólo había una persona peor que su padre: su prometida, la recién enviudada Sally Foxglove. La joven dibujó una sonrisa forzada mientras intentaba ir directa a su habitación.
