– Señora Foxglove.

– A tu padre no le hará ninguna gracia cuando se entere.

Ellie volvió a refunfuñar. Estaba atrapada. Se volvió.

– ¿Cuando se entere de qué, señora Foxglove?

– De tu trato displicente del nombre del Señor -la señora Foxglove se levantó y cruzó sus sebosos brazos.

Ellie estuvo a punto de recordarle a esa señora mayor que no era su madre y que no tenía ninguna autoridad sobre ella, pero se mordió la lengua. Cuando su padre volviera a casarse, la vida sería complicada. No había ninguna necesidad de provocar que fuera directamente imposible enfrentándose a la señora Foxglove. Respiró hondo, colocó la mano encima del corazón y fingió inocencia.

– ¿Eso cree que decía? -preguntó Ellie, hablando casi sin aliento de forma deliberada.

– ¿Qué decías, si no?

– Decía: «Ya lo entiendo». Espero que no me haya malinterpretado.

La señora Foxglove la miró con una incredulidad obvia.

– Había calculado un… problema -continuó Ellie-. Todavía no me creo que lo haya hecho. Y por eso decía «Ya lo entiendo», porque creía una cosa que, si no hubiera creído, mi lógica no hubiera estado equivocada.

La señora Foxglove se quedó tan aturdida que Ellie estuvo a punto de empezar a saltar por la casa.

– Bueno, da igual -se apresuró a decir la mujer mayor-, con ese comportamiento tan extraño nunca encontrarás un marido.

– ¿Cómo hemos acabado hablando de esto? -dijo Ellie entre dientes mientras pensaba que el tema del matrimonio era demasiado recurrente en un solo día.

– Tienes veintitrés años -continuó la señora Foxglove-. Una solterona, sin duda, pero quizá podemos encontrar a un hombre que se digne a tomarte.

Ellie la ignoró.

– ¿Está mi padre?



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