– Está fuera atendiendo sus obligaciones y me ha pedido que me quede por si venía algún feligrés.

– ¿La ha dejado al cargo?

– Seré su mujer dentro de dos meses -la señora Foxglove se arregló y alisó la falda de color morado-. Tengo una posición en la sociedad que hay que mantener.

Ellie dijo algo ininteligible. Tenía miedo de que, si se permitía formar palabras, haría algo más que tomar el nombre del Señor en vano. Sacó el aire muy despacio e intentó sonreír.

– Si me disculpa, señora Foxglove, me noto muy cansada. Me voy a mi habitación.

Una mano rechoncha se posó sobre su hombro.

– No tan deprisa, Eleanor.

Ellie se volvió. ¿La señora Foxglove la estaba amenazando?

– ¿Cómo dice?

– Tenemos que hablar de unas cosas. Y he pensado que esta noche podría ser un buen momento, mientras tu padre está fuera.

– ¿De qué tenemos que hablar usted y yo que no podamos hablar delante de papá?

– De tu posición en mi casa.

Ellie se quedó boquiabierta.

– ¿De mi posición en su casa?

– Cuando me case con el reverendo, ésta será mi casa y la llevaré como a mí me plazca.

La joven se mareó.

– No creas que vas a vivir de mi munificencia -continuó la señora Foxglove.

Ellie no se movió por miedo a estrangular a su futura madrastra si lo hacía.

– Si no te casas y te vas, tendrás que ganarte tu manutención -dijo la señora Foxglove.

– ¿Insinúa que tendré que ganarme la manutención de otra forma de como ya me la gano ahora? -pensó en todas las tareas que realizaba para su padre y la parroquia. Le cocinaba tres veces al día. Llevaba comida a los pobres. Incluso pulía los bancos de la iglesia. Nadie podía acusarla de no ganarse la manutención.

Sin embargo, estaba claro que la señora Foxglove no compartía esa opinión, porque puso los ojos en blanco y dijo:

– Vives de la esplendidez de tu padre. Es demasiado indulgente contigo.



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