
– George Millerton tiene más de sesenta años.
La señora Foxglove se sorbió la nariz con desdén.
– No estás en posición de ir exigiendo sobre algo tan trivial.
Los siguientes tres nombres pertenecían a hombres igual de mayores, y uno de ellos era directamente malo. Se rumoreaba que Anthony Ponsoby pegaba a su primera mujer. Ellie no tenía ninguna intención de encadenarse a un hombre que creía que la comunicación marital se expresaba mejor con un palo.
– ¡Santo Dios! -exclamó cuando llegó al penúltimo nombre de la lista-. Robert Beechcombe no tiene ni quince años. ¿En qué estaba pensando?
La señora Foxglove estaba a punto de responder, pero Ellie la interrumpió:
– ¡Billy Watson! -exclamó-. No está bien de la cabeza. Lo sabe todo el mundo. ¿Cómo se atreve a intentar emparejarme con alguien como él?
– Como te he dicho, una mujer de tu posición no puede…
– No lo diga -la interrumpió Ellie con el cuerpo totalmente agitado por la ira-. No diga nada.
La señora Foxglove sonrió con suficiencia.
– No puedes hablarme así en mi casa.
– Todavía no es su casa, vieja arrugada -soltó Ellie.
La señora Foxglove retrocedió.
– ¿Cómo te atreves?
– Y nunca he sido una persona violenta -añadió Ellie, que echaba chispas-, pero siempre estoy dispuesta a probar nuevas experiencias -agarró a la señora Foxglove por el cuello del vestido y la echó de su casa.
– ¡Te arrepentirás de haber hecho esto! -gritó la mujer desde fuera.
– Jamás me arrepentiré -respondió Ellie-. ¡Jamás!
Cerró de un portazo y se desplomó en el sofá. No había dudas. Tendría que encontrar la forma de irse de casa de su padre. La cara del conde de Billington le vino a la mente, pero la ignoró. No estaba tan desesperada como para aceptar casarse con un hombre al que apenas conocía. Seguro que había otras opciones.
