
Al día siguiente Ellie ya tenía un plan. No estaba tan desamparada como a la señora Foxglove le gustaría creer. Tenía algo de dinero ahorrado. No era mucho, pero bastaría para mantener a una mujer de gusto modesto y naturaleza frugal.
Lo había puesto en un banco hacía años, pero los escasos intereses no la acabaron de satisfacer, de modo que empezó a leer el London Times y a fijarse en las noticias que hablaban del mundo de los negocios y el comercio. Cuando sintió que sabía lo suficiente del mercado, acudió a un abogado para que le gestionara el dinero. Por supuesto, tuvo que hacerlo en nombre de su padre. Ningún abogado gestionaría el dinero de una joven, y menos el de una que invertía sin el conocimiento de su padre. Así que fue a una ciudad lejos de Bellfield, encontró al señor Tibbett, un abogado que no conocía al reverendo Lyndon, y le dijo que su padre era un ermitaño. El señor Tibbett trabajaba con un inversor de Londres y el dinero de Ellie empezó a multiplicarse.
Había llegado la hora de recuperarlo. No tenía otra opción. Vivir con la señora Foxglove como madrastra sería intolerable. El dinero le bastaría para sobrevivir hasta que su hermana Victoria regresara de sus largas vacaciones en el continente. El nuevo marido de Victoria era un conde muy adinerado y Ellie estaba segura de que, entre los dos, podrían ayudarla a buscarse un buen puesto en la sociedad, como institutriz o dama de compañía.
Se subió a un carruaje público hasta Faversham, fue hasta las oficinas de Tibbett & Hurley y esperó su turno para ver al señor Tibbett. Al cabo de diez minutos, la secretaria la hizo pasar.
El señor Tibbett, un hombre corpulento con un gran bigote, se levantó cuando la vio entrar.
– Buenos días, señorita Lyndon -dijo-. ¿Ha venido con más instrucciones de su padre? Debo admitir que es un placer hacer negocios con un hombre que presta tanta atención a sus inversiones.
