
– ¿De veras? -preguntó él-. Qué pena.
– No es gracioso.
– No pretendía serlo.
Ella suspiró con impaciencia.
– Intente comportarse cuando lleguemos a Bellfield. Por favor…
Él se apoyó en el palo y realizó una educada reverencia.
– Intento no decepcionar nunca a una dama.
– ¡Quiere estarse quieto! -exclamó ella mientras lo agarraba por el codo y lo levantaba-. Volverá a caerse.
– Vaya, señorita Lyndon, creo que está empezando a preocuparse por mí.
Su respuesta fue un gruñido poco femenino. Con los puños cerrados, empezó a caminar hacia el pueblo. Charles la siguió cojeando y sin dejar de sonreír. Sin embargo, ella caminaba mucho más deprisa que él y la distancia entre ellos aumentó hasta que se vio obligado a gritar su nombre.
Ellie se volvió.
Charles le ofreció lo que esperaba que fuera una atractiva sonrisa.
– Me temo que no puedo mantener su ritmo -alargó las manos a modo de súplica y perdió el equilibrio. Ellie corrió a su lado para ayudarlo a incorporarse.
– Es un desastre andante -dijo ella mientras lo sujetaba por un codo.
– Un desastre renqueante -la corrigió él-. Y no puedo… -se llevó la mano libre a la boca para sofocar un ebrio eructo-. No puedo renquear deprisa.
Ella suspiró.
– Venga. Puede apoyarse en mi hombro. Juntos, tendríamos que poder llegar al pueblo.
Charles sonrió y la rodeó con el brazo. Era menuda, pero tenaz, de modo que decidió sondear las aguas y apoyarse un poco más en ella. Ellie se tensó y soltó otro sonoro suspiro.
Se dirigieron despacio hacia el pueblo. Charles se apoyaba cada vez más en ella, pero no sabía si su incompetencia se debía al esguince o a la ebriedad. La notaba cálida, fuerte y suave a su lado, todo a la vez, y no le importaba demasiado cómo había terminado en aquella situación; estaba decidido a disfrutarla mientras durara. Cada paso presionaba más el pecho de Ellie contra sus costillas y descubrió que era una sensación de lo más agradable.
