Era su respuesta habitual. Entonces pensó un momento y añadió algo en lo que había pensado, pero que nunca había compartido con nadie, ni siquiera con Graciela.

– Es como tener una pistola en la cabeza permanentemente.

Winston pareció sorprendida, un poco preocupada incluso.

– ¿Cómo es eso?

– Porque sé que si alguna vez le pasa algo a ella, mi vida se habrá terminado.

Winston asintió.

– Creo que puedo entenderlo.

La detective salió. Se sentía bastante estúpida al alejarse: una detective de homicidios experimentada bajando en un cochecito de golf.

2

El almuerzo del domingo con Graciela y Raymond fue silencioso. Comieron corvina, que McCaleb había pescado con el grupo de aquella mañana al otro lado de la isla, cerca del istmo. Sus grupos siempre querían devolver al mar los peces que capturaban, pero muchas veces cambiaban de opinión a última hora, cuando volvían a puerto. McCaleb lo veía como algo relacionado con el instinto asesino masculino. No bastaba con capturar las presas. Había que matarlas. La consecuencia era que a menudo se servía pescado en el almuerzo en La Mesa.

McCaleb había asado la corvina y mazorcas de maíz en la barbacoa del porche. Graciela había preparado una ensalada y ambos tenían una copa de vino blanco delante. Raymond bebía leche. La comida era buena, pero el silencio resultaba incómodo. McCaleb miró a Raymond y se dio cuenta de que el niño había captado la tensión entre los adultos y se había contagiado de ella. McCaleb recordó que él hacía lo mismo cuando era niño y sus padres se dedicaban a arrojarse silencio el uno al otro. Raymond era hijo de la hermana de Graciela, Gloria. El padre del chico nunca había pintado nada y cuando Gloria había muerto asesinada tres años antes, Raymond se había ido a vivir con Graciela. McCaleb los conoció a los dos en la investigación del crimen.

– ¿Qué tal ha ido el softball hoy? -preguntó al final McCaleb.



10 из 346