– Supongo que bien.

– ¿Has ganado alguna base?

– No.

– Ya lo harás, no te preocupes. Sigue intentándolo. Sigue practicando.

McCaleb asintió. Al niño no le habían dejado salir en el barco esa mañana. La excursión de pesca era para seis personas de Los Ángeles. Con McCaleb y Buddy sumaban ocho en el Following Sea, y ése era el límite que el barco podía transportar según las normas de seguridad. McCaleb nunca infringía esas normas.

– Bueno, oye, hasta el sábado no hay otra salida. De momento sólo hay cuatro personas, y ahora en invierno no creo que se apunte nadie más. Si no se apunta nadie más, puedes venir.

Los rasgos oscuros del niño parecieron iluminarse y asintió vigorosamente mientras cortaba la carne blanca del pescado que tenía en el plato. El tenedor parecía grande en la mano de Raymond y McCaleb sintió un rapto de tristeza por el chico. Era demasiado pequeño para tener diez años. Este hecho preocupaba mucho a Raymond, que a menudo preguntaba a McCaleb que cuándo crecería. El siempre le contestaba que lo haría pronto, pero pensaba para sí que el chaval siempre sería bajito. Sabía que la madre era de estatura normal, pero Graciela le había contado que el padre era de baja estatura (e integridad). Había desaparecido antes de que Raymond naciera.

A Raymond siempre lo elegían el último cuando formaban los equipos, porque era demasiado pequeño para competir con niños de su edad. Por eso se interesaba por pasatiempos distintos de los deportes de equipo. La pesca le apasionaba y en los días libres, McCaleb solía llevarlo a la bahía en busca de halibut. Cuando tenía una excursión, el chico siempre suplicaba que lo dejaran ir, y si había espacio le permitían jugar a ser segundo oficial. Para McCaleb era todo un placer darle al niño un sobre con un billete de cinco dólares al final del día.

– Te necesitaremos en la cofa -dijo McCaleb-. Este grupo quiere ir al sur en busca de marlines. Será un día muy largo.



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